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Del mundo a mi propia conciencia: elegir quién quiero ser.

Foto del escritor: imagif
imagif
hace 2 días
4 min de lectura

Actualizado: hace 24 horas


Vivimos en un mundo que, en mi opinión, se está degradando y dividiendo, y eso nunca acaba bien. Vamos, y ojalá me equivoque, hacia un gran choque entre formas de vivir y de pensar. Hay, en mi opinión, dos grandes posibilidades de conflicto, y ambas ya se han producido en el pasado, causando muchísimo daño en todos los aspectos imaginables, desde el humano hasta el material. También es cierto que, después de esos conflictos, el ser humano ha salido fortalecido y el progreso se ha acelerado.


Sin embargo, puede pasar que, en una próxima ocasión, la raza humana no salga fortalecida, sino todo lo contrario.


La naturaleza siempre funciona como una lucha de fuerzas y, como resultado de esa lucha, de esa batalla, se obtiene el equilibrio. De tal manera, lo que sobrevive es la forma más optimizada, la idea más efectiva, la estructura más resistente o todo a la vez. Y no tiene por qué ser algo que, a nuestros ojos, constituya una obra prodigiosa de avance, desarrollo o modernidad. Tal vez sea algo tan sencillo como un organismo unicelular o un objeto con una mecánica de lo más simple. Pienso, por ejemplo, en la rueda y en cómo, en su día, lo revolucionó todo.


Hoy en día, en nuestro mundo, hay choques de ideas, de formas de gobierno, de culturas e incluso de costumbres y religiones. En lugar de hacer aportaciones inteligentes que nos beneficien a todos, existe un afán por imponerse. Así, mis ideas son las únicas buenas y, si tú no piensas, sientes o crees lo mismo que yo, eres alguien que no merece formar parte de la comunidad.


Se crean sociedades controladas, obligadas a pensar de una determinada manera, presas de la ideología y, por supuesto, sin pensamiento crítico. No oses criticar aquello que no ves lógico ni aquello que va contra la norma establecida. No cuestiones la superioridad intelectual o moral que quienes tienen el altavoz quieren imponer, porque serás inmediatamente marginado.


Siento que la razón, el sentido común, el pragmatismo, el mérito y el conocimiento son postergados porque, como suponen esfuerzo y sacrificio, no son bien acogidos por todos aquellos que hacen de la ideología y el populismo la guía o el timón que ha de dirigirnos.


Es como aquel que va en un barco y se encuentra frente a una gran tormenta. Como su ideología es la que rige su viaje, no se plantea por un momento desviar el rumbo ni regresar. A quienes ponen la ideología por encima de todo les dan igual las consecuencias, porque todos tenemos que estar al servicio de ese supuesto bien mayor.


A mí, personalmente, me parece una soberana estupidez. Por quienes piensan así e intentan imponer sus ideas —y a veces consiguen imponerlas— siento una mezcla de rabia e indignación. Y por todos los borregos que aceptan sin cuestionarse esa ideología bien vendida mediante una gran propaganda, siento pena y resignación, porque no se dan cuenta de que nos llevan directamente al desastre.


Mi naturaleza no es ser pesimista, más bien todo lo contrario, pero esta vida y esta sociedad me hacen pensar que hay poco lugar para la esperanza.


Al final de todas esas reflexiones, uno mira hacia dentro y lo que ve no es mucho mejor. Ve bastante oscuridad y algún esquivo rayo de luz. Si decido luchar contra esa ideología destructiva, sufro el desgaste de darme cabezazos contra un muro de estupidez y, al final, además del dolor de cabeza, experimento la desesperación de ver que todo es una pérdida de tiempo, una batalla imposible. Me queda la sensación de que el mayor de los estúpidos soy yo por querer cambiar aquello que no desea ser cambiado.


Llegado a este punto de mi reflexión interna, aparece la actitud que debo adoptar. Me siento como el viajero que tiene ante sí dos caminos, cada uno con su propio letrero, y debe decidir cuál tomar. También debe decidir si quiere hacerlo solo o implicar a más personas en su viaje.



Cruce de caminos
Cruce de caminos

Es difícil decidirlo porque, a la dificultad de decidir por uno mismo qué quiere de la vida, se suma la incógnita de las personas que le importan, por las que no debe ni puede decidir.


Muchas veces pienso que la única forma de ser feliz es la soledad más absoluta: estar aislado de todo, de las ideas externas, de las noticias, de las decisiones y también de las personas. A veces creo que es la mejor forma de no sufrir ni hacer sufrir.


He cometido demasiados errores y también he tenido algún acierto, pero estoy cansado de pensar de esta forma. Quiero priorizar mi vida de otra manera, atendiendo a lo que me agrada y a lo que no, sin poner por delante nada ni a nadie, porque todo aquello que limite mis opciones siempre me hará más infeliz.


Es la diferencia entre estar sentado en un prado hermoso y verde, sin muros ni límites, o encontrarte en ese mismo prado, tal vez más seguro, pero, en esencia, encerrado entre sus límites.


Y ¿cómo se puede ser libre, hacer lo que a uno le haga feliz y, a la vez, no dañar a nadie? Esa es la pregunta que hay que responder.


De momento, y tal como decía un tal Johnny en respuesta a la pregunta «¿Cómo vas a vivir?», él responde: «Día a día». Pues eso pienso yo: de momento, día a día.


Cuidaos mucho y que ninguna ideología ni ninguna forma de pensar o sentir os separe de todo aquello que os importe de verdad. Nada de eso puede tener ese coste.


🎸 Me despido con una canción que estaba escuchando antes: *Stressed Out*.


Me quedo con una frase de la canción:


«Ojalá pudiéramos retroceder en el tiempo, a los buenos viejos tiempos,

cuando nuestra mamá nos cantaba para dormir, pero ahora estamos estresados».



Intentad lo contrario, Relax...



@imagif.

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